viernes, febrero 10, 2006

Compartment C, Car 293_por Begoña



¿Es usted Violet Stevenson?, le preguntó el empleado de telégrafos que había llamado a su puerta. "Le traigo un telegrama del Sanatorio mental del condado de Somerset".
Violet asintió con la cabeza, y firmó el recibo cómo una autómata, sonrió al empleado y cerró la puerta. Apoyó su espalda en ella mientras leía: "Lamentamos comunicar fallecimiento de su hermano Robert Douglas, mañana se oficiará funeral en Sanatorio de Crisfield a las 12."
Violet, buscó asiento en una de las sillas del recibidor, mientras todo en su interior buscaba una respuesta en su pasado. Ella no tenía hermanos. Sus padres habían muerto en un accidente cuatro meses antes, y había vivido en Easton con ellos hasta que se casó, hace de eso seis años. Ella no tenía hermanos,se repetía, nadie le había dicho que los tuviese. Entonces: ¿Quién era Robert?. Los recuerdos se agolpaban en su cabeza, desechaba unos, escudriñaba en otros, a un ritmo vertiginoso que acompasaba su corazón, cuando algo la hizo saltar: ¡Bob!, se oía a si misma llamándole cuando era niña: ¡Bob!. Un chico rubio y desgarbado reía con ella mientras jugaban al escondite. No recordaba más. Douglas era su apellido de soltera y parecía lógico pensar que Robert era su hermano. Pero: ¿Por qué sus padres se lo habían ocultado?, ¿Era acaso porque Bob estaba enfermo?.
Iría al funeral, a cumplir con un deber y a recuperar esa parte de su vida, que sus padres, en un ejercicio equivocado de paternidad, le habían negado.
Tomaría el tren hasta Salisbury y allí enlazaría con el que va hasta Crisfield. Calculó que el viaje le llevaría alrededor de cuatro horas.
Michael, su marido, había ido a ver a su familia al sur, ella no le había acompañado, el médico se lo había desaconsejado por su estado, "Un viaje demasiado largo, para un embarazo de tan pocas semanas", había dicho. Estaba embarazada de 15 semanas, iba a ser su primer hijo y los dos lo esperaban con ilusión.
Violet, por un momento pensó, en si Michael aprobaría que ella ahora viajase todo el día, para ir al funeral de un desconocido, aunque éste fuese su hermano.
Las horas que pasó en el Sanatorio fueron reveladoras, inquietantes y sobre todo muy tristes. En Crisfield, descubrió que Robert era apenas un muchacho cuando sus padres le llevaron allí, entonces no sabían qué le pasaba. Se encerraba en la habitación, hablaba con voces que no eran la suya, se negaba a comer porque decía que su madre le envenenaba. El Juez Dolan, les aconsejó que lo encerraran en un sanatorio de otro condado.
"Todos vivirán más tranquilos" les había dicho.
El director del centro le explicó a Violet, que su hermano ingresó allí con motivo de un brote psicótico, que tras dos años de estancia, les dijo a sus padres que podían llevárselo de nuevo, que le iría bien trabajar y estar con su familia, pero al parecer ellos tuvieron miedo o vergüenza o cualquier otro sentimiento inútil que les impidió hacer lo correcto. Mientras el director hablaba, las lágrimas de Violet, corrían por sus mejillas para mojar la tierra bajo la que descansaba su hermano: "Bob", gimió.
De nuevo en el tren, ya de vuelta a casa, sola en el compartimento repasa los documentos que le entregaron en el sanatorio. Le dieron también el diario de su hermano. Lo abrió por el final: "……… hace tres años que no veo a mamá, aunque el enfermero dice que hace solo cuatro meses, por eso me voy a buscarla, atravesaré el túnel que hace el cuchillo…". Lo cerró de golpe, todavía no estaba preparada para leerlo. Violet se acarició el vientre y supo que se llamaría Bob.


Compartment C, car 293 por Enric
Es Mechita, claro que la conocí o creí conocerla. Estuvimos años juntos, en realidad pocos meses, pero años.
Largas cartas y filas de monedas en teléfonos públicos, ( recuerdo el instante en el que el teléfono se tragaba la última moneda).
Hay muchas formas de explicar nuestra historia, la que se me ocurre hoy es que pasé de escribir versos cursis – "… la noche espera fuera vestida de estrellas "- a otros que querían no serlo – " soy un agujero, soy mi muerte en la noche insomne de los ciegos"-. Después ya no escribí más.
Hubo más cosas, muchísimas más cosas pero ya me he contado la historia y la he contado y está bien así.
Supe tiempo antes qué pasaría. Fue cómo esos viajes en que todo tiene sentido y después se te olvida, y recuerdas que tenías respuestas pero no sabes cuales eran. Ni tampoco las preguntas.
En esa ocasión no se me olvidó, y supe que la telaraña que habíamos tejido que nos colocaba ni demasiado cerca ni demasiado lejos, se rompería. Ella la rompería.
Supe qué pasaría pero no como pasaría. En eso me sorprendió.
Me dolió más a mí. Tal vez había fabricado más tela de araña.
Se quién hizo la foto, Santiago Boro. También se como empezó. Santiago mirando por el ojo de la cerradura mientras Mechita se duchaba



Compartment C, Car 293_por Beatriz
No iba a mirar atrás ni un segundo. Afortunadamente el compartimento estaba vacío y pudo sentarse de espaldas al pueblo.
Atardecer de Otoño, seguramente los rojos y anaranjados rayos del sol declinante estaban cayendo por detrás del Puente Viejo.
Recordaría esas bellas puestas de sol esos rojos cálidos, que contrastan con las algodonosas nubes teñidas de gris por el ocaso. Del pueblo solo recordaría sus cielos y la alameda del río en otoño
Los ejercicios espirituales en el convento de clausura le habían sentado tan bien como el luto, tan bien, como le estaba sentando su incipiente y viuda independencia.
Le había atraído la idea de ser viuda desde el día mismo en que se casó, pronto haría dos años. En poco tiempo esa idea se convirtió en imperante necesidad de ser viuda...y libre.
Cuando Anselmo, el rico y rudo terrateniente del pueblo, la esperó aquella tarde a que saliera de la modista y le habló no se fue con rodeos, le dijo que si quería casarse con él al mes siguiente.
Así, sin preámbulos, sin amor, sin conocerse y ella contestó inmediatamente que si.
Él, ya era viudo dos veces. De sus esposas anteriores. una había muerto al avanzar su embarazo y la siguiente en el parto.
Casi le triplicaba la edad y sabía que él buscaba en ella un heredero, una paridora.
El Señor había sido benévolo y durante el primer año no se quedó embarazada.
Al final del verano Anselmo se resfrió, en Octubre dejó de fumar porque respiraba con dificultad y su obsesión por dejarla embarazada tuvo que ceder ante la debilidad física que padecía.
Entonces el Señor le abrió los ojos, una tarde en la finca merendaron con los peones bajo el eucalipto, al atardecer tuvieron que traer al médico, Anselmo se ahogaba.
Se recuperó.
Ella fue haciendo bolsitas de tela que rellenaba con hojas de eucalipto y metía en el armario entre las sabanas para perfumarlas.
Cuando tuvo la certeza que el aroma del eucalipto podía ahogar a Anselmo, dio gracias a Dios y prometió hacer unos ejercicios espirituales en cuanto él falleciera
El domingo preparó una espléndida comida que él regó con abundante vino y remató con dos copas de coñac.
Supo que ese era el momento, él se acostó para la siesta en el sofá y ella puso a hervir agua en todas las cazuelas con un generoso puñado de hojas de eucalipto en cada una.
Cerró todas las puertas de la casa salvo la que comunica la cocina con el salón.
Preparó el pequeño infiernillo eléctrico detrás del sofá a la altura de su cabeza.
Los ronquidos iban siendo cada vez más dificultosos.
Echó dos o tres puñados de hoja de eucalipto más, en la olla más grande y la dejó sobre el infiernillo eléctrico a su máxima potencia.
Anselmo abrió los ojos, se intentó arrancar los botones de la camisa en un esfuerzo desesperado por respirar, enrojecido, con la respiración agitada y los ojos fuera de sus orbitas, al fin se quedó quieto, patéticamente desparramado en el sofá.
Rezó un rosario por su alma mientras transcurría la media hora que asegurase el éxito de su misión.
Abrió puertas y ventanas, tiró las infusiones de hoja de eucalipto por el bater, fregó las cacerolas y el suelo del comedor con abundante lejía, recogió las cacerolas, cerró las ventanas, dejando entreabierto el balcón del comedor.
Se puso el vestido y los zapatos y se fue a misa de 6.
Al salir de misa invitó al cura y a las tres beatas habituales a tomar café con leche y las rosquillas que había hecho esa mañana.
El medico del pueblo dijo que había sufrido una crisis de asma fatal durante la hora de misa.
Tres meses lleva enterrado Anselmo, no hay testamento, ella es la única heredera.
El primer capitulo de su vida finaliza mañana a las 12, cuando firme los últimos papeles que la acrediten como dueña y señora. Tirará estas ropas de viuda provinciana, y el sombrerito, el dichoso sombrerito que le compró Anselmo en Zaragoza
El segundo capitulo empezará comiendo sola en el reservado del Royal.


Compartment C, Car 293_por Teseo
Como cada mañana Irene entro en su pequeño salón, cargada con la bandeja del desayuno, observó el cuadro que la había acompañado desde la infancia. Era, junto con un viejo reloj, recuerdo de su padre muerto prematuramente. A lo largo de los años la había fascinado aquella mujer de rostro oscuro y cabello encendido.Frecuentemente había proyectado en aquella imagen sus propias vivencias, temores y esperanzas. La mujer absorta, centrada en la lectura, ajena a lo que la rodeaba le inspiraba sensaciones diferentes en función de su estado de ánimo. El retazo de paisaje que se podía observar tras la ventanilla del tren era un amanecer o un ocaso. El viaje podía ser un regreso o una huida. El pequeño puente era también un símbolo del acceso a una vida que la joven anhelaba o aborrecía. Con frecuencia se preguntaba por que el pequeño farol sujeto a la pared del tren estaba apagado. Irene suspiró y pensó cuanto la había ayudado aquella pintura, cuantas veces su contemplación le había permitido evadirse de su monótona y anodina vida, pero esta vez lo vio de forma diferente, estaba feliz y esperanzada, la mujer de pelo rojo y labios carmesí viajaba camino del encuentro, del amor, de la felicidad que ambas habían soñado.Cuando Irene sintió los brazos del hombre que la estrechaba por detrás, cuando sus labios rozaron levemente su cuello y musitaron “te adoro”, comprendió que su tren siempre caminaría hacia un futuro fascinante, que la luz que se veía tras la ventana era la de la aurora y que habría muchos, muchos amaneceres como ese,que ya nunca estaría sola. Con cuidado depositó la bandeja, se giró, se enlazo al cuerpo del hombre que la hacía estremecer y se dejó ir, saboreando su felicidad. Fugazmente le pareció ver que los labios de la muchacha del cuadro se curvaban en una leve sonrisa de afecto y complicidad.

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