jueves, diciembre 14, 2006

Chop Suey_por Teresa


Son iguales.
- No; se parecen. Siempre se sientan en el mismo sitio, aunque hace unas semanas que no venían.
- Mira como hablan, deben de ser amigas.
- O simples confidentes.
- Ya, de las que se casan y necesitan su espacio.
- ¿ Para qué?
- Para ser ellas mismas sin perder de vista lo que siempre han sido “mujeres, niñas”. Son raras.
- Como nosotros.
- Hablas como si las conocieras.
- Mira, la de la izquierda, la que tiene las manos debajo de la mesa ¡ya se lo ha dicho!
- Pues no parecen contentas.
- Se va a casar conmigo.
- No me digas más. Atiendo yo la otra mesa.


Chop Suey_ por Nadine


Hacía ya quince años que no se veían. La última vez Melania tenía ocho años y David, nueve. Ninguno de los dos pudo olvidar aquella relación, ni aquel día en el que tuvieron que separarse.
Estaban de novios desde que ella tenía seis años. Quizás a esa edad ni siquiera entendían lo que aquella palabra significaba, pero había algo, un lazo, que parecía haber existido sólo para unirlos; un amor tan infantil que hasta causaba gracia. Melania y David se conocieron por medio de sus padres ya que éstos eran muy amigos. Ambas familias, que a su vez eran vecinas, se visitaban mutuamente, y los pequeños, como recientes adolescentes, se perdían de la mano en busca de alguna aventura. Pero el destino terminó por separarlos cuando los padres de David, por motivos laborales, decidieron viajar a Europa. Los niños no fueron informados hasta el último día, por lo cual el último paseo, que tantas cosas había dejado, entre ellas nada más y nada menos que el primer beso, no fue tomado como una despedida.
Siempre quedó en el recuerdo de Melania aquel primer amor, como en el común sucede, pero en ese momento, mientras untaba el queso en la tostada y apuraba insistentemente el agua para el café, no imaginaba que recibiría aquella carta. La estampilla que indicaba que venía del exterior no la hizo dudar ni un instante. Y mientras el cartero, extrañado, se retiraba de la puerta, los ojos de Melania se llenaban de lágrimas que desembocaron en un llanto de emoción.
Ya olvidada del apuro, de que debía ir a la universidad, Melania reposó un instante en la silla normalizando su respiración antes de lograr abrir el sobre. Y cuando apenas comenzó a leer, una tímida sonrisa brotó de sus mejillas. Luego de unas líneas su voz se fue afianzando hasta desterrar por completo aquel susurro con el que había comenzado.
"…En una semana estaré de vuelta. Volveré para estudiar allí, y porque en verdad nunca quise irme. Me encantaría, Melania, que podamos volver a vernos. Yo no te he olvidado a pesar del tiempo transcurrido. Y tampoco olvidé aquel último día a tu lado…"
Y durante esa semana pudieron acordar de encontrarse en aquel lugar, en el último donde juntos habían estado, donde se vieron por última vez, en Chop Suey, tomando un helado.
Eran las cuatro de la tarde y Melania estaba lista hace rato, pero no se animaba a salir de su casa; volvía a arreglarse una y otra vez el peinado, luego la ropa, luego el maquillaje. No quería hacerlo esperar pero tampoco quería llegar antes. Finalmente, después de unos momentos, tomó su cartera y se dirigió al bar.
Allí estaba él, sentado en una mesa, moviendo las manos y golpeando el pie contra el suelo, totalmente ansioso y nervioso; y ella, que lo veía de medio perfil, no pudo evitar la sonrisa, que trató luego de contener para poder arrimarse.
Los ojos de David brillaban cada vez más, tratando de evitar el parpadeo, y Melania no pudo contener más aquella alegría contenida de volver a verlo. Ambos cayeron en un abrazo, y luego de ese momento, que no pudieron evitar, se sentaron enfrentados para poder verse mientras comenzaban a charlar.
Hacía ya mucho tiempo que no se veían y la verdad que había temas de los que hablar. Los minutos pasaban y ellos parecían no notarlo, su conversación comenzaba a tornarse cada vez más interesante, y cada vez más personal, y cada vez más sentimental…
- No lo puedo creer aún, a pesar de que nunca más te volví a ver, te imaginaba tal cual sos. Te conocía tanto que sabía cómo ibas a ser a medida que pasase el tiempo. Esos ojos miel, ese pelo rubio.
- Bueno, a mí me pasa lo mismo. Cuando te vi, de espaldas, supe que eras vos, como si con frecuencia visitara tu cuerpo.
- Y este lugar… te juro que extrañaba el país, pero este lugar… aquí estuvimos la última vez. Recuerdo que robamos unas monedas para venir a tomar un helado. Era pleno verano y el lugar colmaba de gente grande, pero a nosotros no nos importó. Nos sentamos en unos sillones bordo que había allí, en aquella punta, y finalizado el helado nos dimos nuestro primer beso. ¿Te acordás?
- ¡Cómo no me voy a acordar! Fue hermoso. Fue un beso hermoso, y un día hermoso. Pero al día siguiente vos te estabas yendo, y eso tampoco lo puedo olvidar. Ni siquiera me llamaste. Cuando por la tarde mi mamá me lo contó no pude dejar de llorar. Estuve triste mucho tiempo. Pero más triste me puso que no me hayas llamado el mismo día en el que te ibas.
- ¿Cómo iba a llamarte? Yo me enteré ese día, por la mañana, es cierto, pero yo también estaba triste. ¿Acaso pensás que es fácil que a los nueve años te digan tan fríamente, como lo hicieron mis padres, "hijo, ve a bañarte que en un rato nos iremos del país"? Pues yo también lloré, y también estuve mal mucho tiempo. No quería irme. Nunca quise irme…
- Sí, ya lo sé, pero no puedo tampoco negar lo que sufrí. Yo… te quería mucho.
- Yo te sigo queriendo.
- Yo estaba ilusionada y siempre pensaba que ibas a volver, pero nunca lo hacías. Siempre quería saber de vos, pero mis padres no me decían nada. Y ahí me convencí de que debía olvidarte. Y comencé a crecer, sin tener noticias tuyas, haciéndome creer a mí misma que me habías abandonado…
- ¿Y acaso me olvidaste? Melania, ¿lo hiciste? ¿Dejaste de quererme?
- No… no pude…
- ¿Entonces?
- Pero intenté hacerlo. Tenía que hacerlo. Y a pesar de que siempre te esperé, tuve que continuar con mi vida… No podía permanecer esperanzada con que algún día regresaras, y encima creyendo que vos también sentirías lo mismo por mí.
- ¡No lo puedo creer, Melania! Siempre fuiste igual. Nunca te importaron mis sentimientos, y sin embargo, yo seguía perdonándote, seguía olvidando todas aquellas cosas que me hacías porque te quería, nada tan simple como eso. Pero ahora me doy cuenta de que nunca te importé…
- ¿Cómo podés decir una cosa así, David? ¿Cómo no me van a importar…
- ¿Mis sentimientos? Nunca te importaron. Mientras estabas conmigo, salías a jugar con el otro, con Pedro, sin siquiera pensar en lo que pasaría si yo te vería con él. Pues te vi. Te vi una tarde paseando por la calle Arenales con ese de la mano. Tampoco de aquel episodio pude olvidarme, de aquellas sonrisas tan grandes a las que nada les importaba.
- ¡Era mi amigo!
- ¡Ves! Siempre me decías lo mismo. Y ahora sos igual. Seguís siendo la misma niña que puede lograr cual cosa se proponga con esos ojos hermosos, con esa voz tan suave.
- Y vos siempre fuiste así de cruel, como ahora, cuando me dices que soy una niña. ¿Acaso te pensás que me olvido lo inhumano que eras cuando me conociste, todas aquellas palabras hirientes que me decías, y que luego cuando yo le contaba a mis padres, no me creían? ¿Yo me puedo olvidar de tu maltrato? ¿Yo sí tengo que olvidarme de aquellas cosas para que la única víctima de nuestro amor seas vos? No, David. Yo también sufrí. Yo también llevo guardadas en el pecho tantas cosas que nunca pude decirte.
- Ya me las dijiste.
- Vos también necesitabas hacerlo.
- Después de tantos años.
- Después de tanto tiempo.
- Y ya que ninguno de los dos pudo olvidar, ¿por qué no lo hacemos juntos? ¿Por qué no intentamos empezar de cero los dos?
- Porque ya es tarde. ¿No te das cuenta que de chicos nos separaron brutalmente y quedó en nosotros una historia totalmente inconclusa? ¿No te das cuenta de que durante quince años llevamos dentro guardadas millones de emociones que nunca pudieron salir a la luz? ¿No te das cuenta acaso de que este encuentro no fue más que para concluir aquel capítulo abierto que entre nosotros quedó merodeando?
David, con su cabeza gacha, tomó sus cosas, y dejando algo de dinero en la mesa, se levantó del lugar. – Vine hasta aquí por vos, Melania. Vine por vos.
- Y aquí yo te esperé, David. Siempre te esperé.- David se retiró y Melania quedó sentada, en su lugar, inmóvil.
Un señor que se encontraba en una mesa detrás de ellos, luego de haber pagado su cuenta, se levantó del lugar, miró de reojo a Melania, y se fue.

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